Ser iglesia hoy significa haber entendido y aceptado la misión en el mundo. ¿Por qué hay muchos que cuando hablan de la iglesia, lo hacen como si se refirieran a una realidad a la que no pertenecen? ¿No se identifican con ella? A esos que se definen como creyentes deben entender que hay que ser Iglesia para hablar de la Iglesia. Ven y verás, vayan y prediquen. Es el dinamismo de ser iglesia.
HAY QUE SER IGLESIA PARA HABLAR DE LA IGLESIA
Iglesia somos todos los bautizados en Cristo; por eso es que debemos ir entendiendo que la misión evangelizadora es una tarea que compete a todos los cristianos. Y nos atreveríamos a afirmar que es una misión que en las actuales circunstancias nos compete fundamentalmente a los laicos, porque los laicos tenemos acceso a unos ámbitos donde es más necesario el testimonio cristiano.
Sí, ha llegado nuestra hora, ha llegado la hora de los laicos y de nosotros va a depender que en gran medida la tarea evangelizadora.
Vivimos en un mundo cambiante y complejo que por todas las forma pretende ajustarnos a sus exigencias.
No mucho tiempo atrás, se hablaba de Dios y se hacía apasionadamente; bien fuera para afirmarle, bien fuera para negarle. Hasta para los ateos el tema de Dios era capital.
Hoy nos deja fríos, a muchos no les dice nada. El tema de Dios no los apasiona; el tema de Dios en nuestra sociedad no interesa a casi nadie; hoy lo que interesan son otras cosas, demasiado triviales. El hombre de hoy es el que dice: “que exista o no exista Dios no es mi problema”. La gente quiere que la dejen vivir en “paz”, ya tiene bastante con sus asuntos; creen haber aprendido a valerse por sí mismos y no necesitar nada de Él.
Este hombre es el que no quiere incluso que se hable públicamente de Dios, le molesta que se hable de El y trata de impedirlo. Ha desplegado y está desplegando un gran esfuerzo para que el cristianismo quede encerrado en las sacristías, que nuestras creencias pertenezcan a la esfera de lo privado; está tratando que el mensaje evangélico no trascienda a la vida pública.
Parte del convencimiento que, el fenómeno religioso es una cuestión privada. Por desgracia éste es un sentimiento que empiezan a compartir muchos que se autodefinen como “creyentes”. Son bastantes los que piensan que su fe han de vivirla de "puertas adentro"; que a Dios hay que llevarle en el corazón, pero que no hace falta ir manifestándolo al exterior. Podemos encontrarnos con cristianos que dicen tener una acendrada fe personal y que luego en la práctica y cara al exterior actúan como si Dios no existiera. Esos son los ateos prácticos.
Este sería el principal obstáculo para la evangelización en nuestros días: caer en la trampa de considerar que nuestra fe es sólo un asunto personal y que pertenece a la esfera privada.
Un cristiano que renuncie a ser fermento del mundo, es porque está asustado, acomplejado, o no ha entendido bien cuál es su misión.
Un cristiano ha de serlo a todas las horas del día. Ha de serlo en casa, en la Iglesia, en la calle, en su trabajo. El cristiano ha de serlo en toda su integridad, sin dobleces ni camuflajes, sin disociar sus creencias de su vida pública o su vida privada. Cristiano es el que toma en serio las palabras de Cristo, que nos invita a ser "luz del mundo y sal de la tierra". Si ya de entrada renunciamos a hacer una manifestación pública de nuestra fe ¿cómo puede ser posible la evangelización?
Jesucristo nos ha confiado a nosotros, cristianos del Siglo XXI, que llevemos este mensaje de esperanza, en una noche oscura, a unos hombres y a una sociedad que es la nuestra. Jesucristo nos ha llamado a ser iglesia hoy.
Ser iglesia hoy significa haber entendido y aceptado la misión en el mundo. ¿Por qué hay muchos que cuando hablan de la iglesia, lo hacen como si se refirieran a una realidad a la que no pertenecen? ¿No se identifican con ella? A esos que se definen como creyentes deben entender que hay que ser Iglesia para hablar de la Iglesia
No me refiero a los que están fuera, porque no quieren estar dentro u otro motivo. Me refiero a los que están dentro pero que viven como si no lo estuvieran.
Y el punto neurálgico está en el mal “funcionamiento” de la Iglesia Doméstica. ¿Qué iglesia se vive en casa? Hablamos de los jóvenes que no respetan a Dios, a lo sagrado. ¿No será, acaso, que son hijos de quienes no son iglesia desde casa? Padres que no han asumido su rol formativo en la fe de sus hijos y pretende que la escuela o la catequesis se encargue de ello.
La casa debe ser el primer espacio para alabar a Dios. ¿Oramos cada día?, ¿oramos en la mesa antes y después de los alimentos?, ¿damos gracias a Dios por las cosas que nos suceden ya sean buenas o no tan buenas?, ¿rogamos a Dios ante las dificultades?, ¿consultamos a Dios sobre su voluntad en nuestra vida? El hogar debe ser la primera comunidad de vida que les muestre a nuestros hijos la imagen de Dios. ¿Me siento iglesia?, ¿me reconozco iglesia?, ¿me defino iglesia?, ¿soy iglesia?.
Ser y parecer. Eso es testimonio. Los talentos no se nos han dado para que los “enterremos en la vida privada”.
Ven y verás, vayan y prediquen. Es el dinamismo de ser iglesia.